La edad es una noción multidimensional que define la trayectoria del ser humano en el tiempo. Para una comprensión inclusiva de la familia y el desarrollo, debe analizarse desde cuatro perspectivas fundamentales:
Perspectiva etimológica: Deriva del latín aetas (fuerza vital, tiempo de vida). Esta visión original no se centraba en la acumulación de años, sino en la intensidad y duración de la energía vital (*aiw-) de un ser. Define la edad como la medida del transcurso de la vida misma.
Perspectiva biológica y cronológica: La cronológica es la medida administrativa basada en el calendario. La biológica mide el estado funcional del organismo y sus sistemas. No siempre coinciden: el desgaste celular (edad biológica) puede estar disociado del tiempo transcurrido desde el nacimiento (López-Otín et al., 2013).
Perspectiva psicosocial: Entiende la edad como un constructo cultural. Define etapas del desarrollo (infancia, adolescencia, adultez) asociadas a hitos sociales y expectativas de comportamiento. Aquí, la edad determina el estatus legal y la identidad del individuo en su grupo (Erikson, 1980).
Perspectiva vitalista de capacidades: Inspirada en el enfoque de Martha Nussbaum, esta visión entiende la edad como un marco de dignidad. Se centra en que cada individuo, independientemente de su momento vital, posea las capacidades necesarias (razón práctica, afiliación, integridad) para florecer de forma plena sin ser juzgado únicamente por su utilidad productiva (Nussbaum, 2012).
La prevalencia de una perspectiva sobre otra tiene consecuencias profundas en la estructura familiar y social:
Si prevalece la Psicosocial sobre la Vitalista: La persona queda reducida a su "rol social". El riesgo es el edadismo: los niños son vistos como "proyectos de adulto" y los ancianos como "sujetos pasivos". La familia se organiza según jerarquías de autoridad basadas en el cumplimiento de normas sociales, donde el valor del individuo depende de su adecuación a lo que la sociedad espera de su edad.
Si prevalece la Vitalista sobre la Psicosocial: La familia se convierte en un espacio de apoyo mutuo al desarrollo de capacidades. El valor del individuo es intrínseco a su existencia, no a su función. Se prioriza la autonomía y la participación del sujeto (niño o anciano) basándose en su realidad vital actual y no en etiquetas externas, fomentando una inclusión real que respeta la diversidad de ritmos vitales.
Para un modelo de familia y sociedad inclusiva, es imperativo superar la dicotomía tajante entre mayoría y minoría de edad. Esta clasificación administrativa carece de realismo biológico y psicológico; no es científica, ya que la maduración cerebral y emocional no ocurre de forma síncrona a los 18 años, ni es funcional en una sociedad compleja que requiere autonomía progresiva. La división binaria ignora la madurez competente y las capacidades individuales, convirtiéndose en una barrera artificial que limita el derecho de los sujetos a ser reconocidos por su realidad vital y no por una convención cronológica arbitraria.
Erikson, E. H. (1980). Identity and the life cycle. W. W. Norton & Company.
López-Otín, C., Blasco, M. A., Partridge, L., Serrano, M., & Kroemer, G. (2013). The hallmarks of aging. Cell, 153(6), 1194–1217.
Nussbaum, M. C. (2012). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano. Paidós.
Roberts, E. A., & Pastor, B. (1996). Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. Alianza Editorial.